Después de más de 22 meses sin funcionar, la Comisión Bicameral de Seguridad Nacional se instaló hace unos días, pero, como en el más pedorro de los países bananeros, su presidente, tras pronunciar un discurso de quinta en el que confundió la seguridad nacional con la seguridad pública, abandonó la mentada Comisión para sumarse a esa farsa que se denomina “defensores de la Cuarta Transformación”.
El Poder Legislativo mexicano, dominado por Morena, ha renunciado a su función de contrapeso e incluso a su dignidad. Solo se votan las iniciativas que envía el Ejecutivo y, en los pasillos, funcionarios de la Secretaría de Gobernación vigilan que los congresistas del “movimiento” guinda no se atrevan a tener independencia de criterio ni a votar algo que no convenga al régimen. La indolencia es tal que hay otras comisiones congeladas y algunas más que se han convertido en agencias de relaciones públicas, mientras sus directivos promueven una baja productividad. No exigir la rendición de cuentas es la “marca de la casa”.
Hace unos días escuché una de las mejores definiciones de seguridad nacional: es la condición que da viabilidad a un Estado. Así, desde la destrucción del medio ambiente hasta la precariedad económica, diversos factores pueden convertirse en riesgos para la supervivencia de una sociedad. Es evidente que en México existe una crisis de seguridad pública que nos tiene al borde del colapso. Entre 2019 y 2024 se registraron más de 200 mil homicidios dolosos en el país, una cifra superior a la población de ciudades como Guasave o San Juan del Río. Sin embargo, existen muchos otros factores que también pueden llevarnos al colapso e incluso poner en riesgo la viabilidad del país.
Pero el problema de mediano plazo es aún mayor: la inteligencia mexicana prácticamente no existe y cada día surge un nuevo desafío. Los gobiernos de Morena han tomado decisiones equivocadas respecto de las instituciones del Estado: desmontaron el órgano de inteligencia y lo subordinaron a la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana; además, durante el gobierno de López Obrador, designaron como titular a quien su única cualidad era ser uno de sus cuates.
Morena no se ha percatado de que la acumulación de poder terminará debilitando a su propio gobierno. Al no existir contrapesos y concentrar todas las decisiones sin el concurso de otras fuerzas políticas, se hace responsable de todos los resultados. Responsable en varios sentidos: no solo de las consecuencias de sus actos, sino también de no poder alegar pretexto alguno para dejar de hacer lo más conveniente e, incluso, aquello que, dentro del marco de la ley, le sea solicitado o mandatado.
Estamos gobernados por una pandilla de fanáticos e ignorantes, incapaces de gobernar un país, incluso uno bananero.